Estamos tan escarmentados de habernos desencantado tantas veces, que nos hemos quedado un poco solos y no nos atrevemos a confesar que necesitamos maestros. Maestros de vida, que nos ofrezcan esas claves que sirven para movernos por los laberintos y desentrañar el sentido de las cosas.
Seres que hayan logrado integrar, aunque solo sea una pequeña parte de la inmensa sabiduría a su manera de vivir, para hacernos saber que tal cosa es posible y que los sabios no están solamente refugiados en el pasado lejano, sino que pueden encontrarse en la experiencia cotidiana.
Una de las situaciones más confusas que enfrenta la filosofía académica actual es la de los fines de la Filosofía del Arte. Es decir: ante una obra artística, como un poema, o una escultura, o una catedral, una danza o una interpretación musical, cuál será la misión de la filosofía. Es lo mismo que preguntarse cómo debe enfrentar el pensamiento las cuestiones acerca de la belleza. Del pensamiento son los límites, las formas, las clasificaciones, las comparaciones. De la belleza es la vivencia, lo inapresable, el espíritu sutil que escapa a todas las definiciones.
La Filosofía, entendida como una toma de postura, una forma de vida, más que como una mera actividad intelectual especulativa, nos proporciona sobre todo herramientas para pensar, es decir, para asomarnos al mundo y a las cosas, para encontrarnos con los otros, con la capacidad para llegar más allá de las apariencias y descubrir el sentido que sostiene la vida.